miércoles, 1 de julio de 2015

Contribuido por el señor XX-36. Estos hechos ocurrieron por el año 2014.

Soy fotógrafo profesional, vivo en España y tengo 40 de edad. Hace unos años estaba en casa, aburrido, y empecé a chatear. Como para animarme un poco elegí una sala de sexo. En ese tipo de chat hay más hombres que mujeres. Supongo que en proporción de 20 a 1. O sea, los hombres ganamos (o perdemos, según se mire) por goleada. Lo sé por una amiga que entra de cuando en cuando, y anda haciendo malabarismos con las decenas de privados que le abren los tipos para proponerle o mostrarle algo.
En fin… lo cierto es que me metí y comencé mi chateo. Le proponía a toda fémina que caía (bueno, lo de caer es un decir…) tener sexo directamente. Bien en plan porno, sexo a full entre desconocida y desconocido. Iría a su casa y ella me haría lo que le pidiera, pero sin previo romance ni besos ni pérdida de tiempo ninguna, sin siquiera decir hola ni nada. Ella abriría la puerta, se arrodillaría y bueno, vosotros sabéis… no hay necesidad de explicar más. Obvio que algunas (ya ni recuerdo cuantas) me enviaron a donde se destinan los subproductos corporales, lo que hizo desesperarme de encontrar una compinche. Las mujeres no tienen verdadera fantasía ni sentido del humor... Dicen liberarse pero son tradicionalistas por definición. No soy misógino, no. Es así, son así. En el fondo nunca han salido del confesionario. ¡Así nunca será posible que la humanidad progrese en serio!
Pero contra todos los pronósticos, apareció una, una que estuvo de acuerdo. Ella se encargaría de hacer lo que se hace arrodillada fuera de una iglesia y yo le haría fotos mientras lo hiciera.
Entonces, apenas me abrió la puerta (bueno, en verdad en cuanto apenas la cerró) clavó puntillosamente sus rodillas en el piso y me… bueno, si no lo dije antes, no pretendáis que lo diga ahora. No hicimos mucho más que eso. O sea, eso y unas fotos que debo tener por ahí. No fue fácil lo de las fotos, digo, porque había que sostener la cámara y también la erección. Y uno no siempre puede estar tocando la campana y dando misa en simultáneo. Encima no estaba en mi estudio, toda una complicación técnica. Además sólo quería que me succionara (¡ay, lo dije sin querer!, no volverá a pasar, espero) y después irme. En síntesis, usarla como si fuera una puta, un pañuelo descartable, esa era la idea original y de hecho se cumplió. Porque a decir verdad, aunque no quisiera afectar su autoestima, la mujer no me gustaba y ella quería follar en regla, ortodoxamente, pero yo no; poco más y pretendería su débito conyugal. ¡Qué inmoralidad, a dónde vamos a parar! Pues que ahí terminó todo: un toque y me voy o, mejor dicho, un chupi y me fui. Pero antes de irme, estuvimos un rato charlando y viendo las fotos en mi cámara. Descansando del jueguito oral que por cierto me dejó satisfecho. Yo seguía desnudo, abrazados los dos, y ella acariciaba mi polla ya dormida...
En fin, que ella quería más sexo y yo también pero yo con alguien que me gustara. No hubo segundas partes, ni buenas ni malas. En fin, de ser hoy le diría: no eres tú, soy yo… y quién sabe, por ahí hasta me creería.
Así que, vuelta a remarla. Vuelta a chatear y chatear. Como dicen los argentinos en esos casos: una paja. Qué paradójico ¿no? Digo, que buscando algo tan lejano a una paja se tenga que aguantar una paja de amansadora, metafórica. Hay mujeres que van —creen— al chat a conseguir su príncipe cibernético y sólo logran suplantar su príncipe azul por un viejo verde pero bueno, es lo que esta clase de ingenuas entiende. Otras chatean para que les digas alguna cosa linda que el marido nunca aprendió ni aprenderá. Otras se largan si no cumples con sus unilaterales exigencias.
Pero no nos desviemos. El tema es que insistí y es cierto que quien persevera algo logra. No vamos a decir que triunfa porque sería subjetivo. Así que apareció la chica que contra toda probabilidad era linda, es linda. No será Brigitte Bardot a los veinte años, pero —¡joder!— ¿cuantas BB hubo desde los tiempos de Eva? Que en Francia a BB hasta le levantaron un monumentillo y eso que los franchutes son gemelos de los escoceses (¡o de los suizos!) en eso de no gastar un euro de más…
Como dije, apareció la morocha y a mis ojos estaba buena. Y bueno, que no era como la otra ni ahí. Pero yo había cambiado, pues mi fantasía no tiene límites, al menos eso creo. Le conté de mi anterior foto-porno y se interesó. Nos intercambiamos fotos por Skype y todo eso. Se ve que le gusté también. Vamos que uno no será Alain Delón pero tampoco el monstruo de Frankenstein. Resultado: ya no me conformaba con sólo follarla, no. Quería más, así que le recordé mi profesión y, como dije, le interesó la idea completa. Idea que yo cavilaba de hacía tiempo. Entonces, ¿por qué no realizarla ahora con esta cómplice? Tan simple: nos sacaríamos fotos. Desnudos, se entiende. Haciendo el amor, se entiende. Es decir en perfecto español: follando como cerdos. En lo demás todo igual. Ella entraría y sin mediar palabra, sin un beso, sin una caricia, a la cama, o a donde fuera. No habrá fotos de tu cara si no quieres —le dije— pero ella no pareció importarle ni medio. Le encanta su cuerpo, y —¡joder!— que tiene razón, es estético, muy estético, y muy deseable por cierto.
Pero hubo un preámbulo a mi fantasía completa. De no haberlo no habría sido mujer y doy fe que lo es ¡y cómo! Así que primero en casa de ella, me dijo. Otra vez la pelota a la calle. Pero para allá fui. Con una mujer no se debe discutir la localía. Que por más decidida que parezca, toda mujer tiene que entrar en confianza, una regla básica se ve. Lo que digo, nunca iremos a progresar… Para colmo de delicias sabe follar muy bien. Vaya si sabe. Se las sabe todas y algunas más, como se decía de un florentino del siglo XV. Es decir, fue entrar y follarla sin mediar un ¡hola! Y bueno qué puedo agregar de aquel día… que uno tiene derecho a entretenerse un poco, que no todo tiene que ser trabajo y obligación. Un rato de esparcimiento pleno no se le niega a nadie y eso fue lo que hicimos. Resultado: la cámara quedó por ahí tirada. El completo reportaje porno que nos prometimos quedaría para otro día. Así que esa vez la cosa fue completa pero en otro sentido. No vamos a andar aclarando lo obvio.
Pero ya estábamos en la misma frecuencia y quedamos para otro día. Follaríamos sí, pero en determinadas condiciones pactadas. Ella me esperaría con un corsette y ligueros con medias de seda y sin bragas, bien a lo puta del Far West o algo así. Nada más llegar me la chuparía directamente, sin decir hola ni nada, una vez que la yo tuviera bien dura. Y la cosa se cumplió tal cual. Fue un encanto cuando se levantó del suelo, bien a lo deliciosamente puta, agarrándome de la polla como si fuera una manija y me condujo a su habitación donde acabamos como los dioses. Ay, qué buenos polvos que tuvimos… Qué mujer divina…
Por fin, un día convenido vendría a casa. Vivo solo y el buey solo bien se lame (¿o bien lame?, no recuerdo bien el dicho) así que no habría ni hubo problemas de terceros disidentes. Preparé todo para recibirla: luces, cámaras, ambiente… Ahora sí que sería una serie profesional, no con fotos sacadas a los tumbos en casa ajena. Y así fue. Llegó, inspeccionó todo y le gustó. Quizá comprobó que no tenía ningún minotauro escondido y empezamos. Empezamos a follar y muy rico. Succiona de primera, folla como una diosa, acaba cuanto quiere y ninguna posición le es extraña ni la asusta. Lo técnico ya estaba arreglado, así que a sacar fotos y más fotos. Cambiábamos de posición tetas, pene, vagina, culos y cuerpos en general. También la cámara, cuando podía usar la de mano. Pero con las más jugué con el remoto que me daba libertad parcial de movimientos. Fue un reportaje porno fantástico. Los tres quedamos satisfechos: ella, yo y el arte fotográfico.     
Tiempo después vino a otro reportaje pero fue más limitado, tenía un asuntillo que arreglar. Y en fin, que no sé por qué no volvimos a hacer otra serie, siendo que los dos estábamos de acuerdo y nos gustamos. Debo trabajar más, ese es mi corolario. El hombre se debe a su trabajo y, les aseguro, el mío es un trabajo doblemente fatigoso.
Pero como soy un obsesivo del compromiso y todo un profesional en mi arte, invito a toda chica mayor de edad a sacarse fotos artísticas conmigo o con otro (u otros/otras) siempre que lo desee. Les garantizo que no tendrán que gastar en ropa de moda ni en ninguna otra, pero eso sí, también les prometo que no se harán famosas. Tampoco recibirán un euro porque la Merkel los cuida y no hay que andar despilfarrando por fuera de Alemania. En fin, las espero, mis diosas. Mi email debe andar por este blog, como a la derecha y arriba, por donde dice Agradecimientos, ya que espero que la dueña de todo esto me suba esta historia… 

(Las fotos)



miércoles, 24 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-35. La historia ocurrió en 2010.

Esa noche le dije a mi mujer que se vistiera bien sexy, que saldríamos a cenar. Me hizo caso. Una falda corta negra con tajos de costado y una blusa blanca fueron suficientes para realzar todas sus formas, que las tiene y mucho. Así que fuimos a cenar y en el curso de la cena tomamos unas copitas de más. En un momento vimos que un niñato de unos veinte años la miraba desde otra mesa. Mi mujer a sus 35 era muy atractiva, lo sigue siendo, y era entendible. A mis casi 45 no dejaba de halagarme que la desearan y que me la envidiaran. Nos echamos a reír por lo bajo y seguimos comiendo. Ella de cuando en cuando espiaba hacia su derecha y… sí, allí seguía el niñato y su intensa mirada. Después del café pedí la cuenta. Vi que el niñato también se levantaba de la mesa, por lo que aproveché para pasarle un brazo por la cintura a mi mujer y cruzar delante del chico a modo de desafío. Salimos riendo por la cara que nos puso.
Caminamos abrazados, yo diciéndole cosas al oído y ella respondiendo con alguna suave mordida a mis labios. Pensaba en llevarla a un motel cuando pasamos frente a un cine. No uno de esos modernos sino de aquellos viejos, último dinosaurio madrileño que olvidaron derribar. Un cine bien XXX, con sus carteles anunciando erotismo y placeres sin fin, como si los años del destape no hubieran pasado. Mi mujer nunca había entrado en uno, así que le propuse ver una porno en público. Y la muy zurrona me dijo que sí. Pagué y entramos. La película, atiborrada de desnudos y gemidos. Era una de tantas pornos malísimas que producen los yanquis. Sólo aptas para adolescentes con hormonas por el techo o consumados onanistas.  En la sala apenas un par de tipos viejos, separados por decenas de butacas y filas. Nos pusimos detrás de uno, un tío de unos 60 años, sólo para que se escandalizara con nuestros gemidos en cuanto decidiéramos explorarnos.
Empecé a atacar. En medio de los besos le desabroché la blusa. Ella respondía tocándome y mordiendo mis labios. Los gemidos de la película nos ponían más cachondos todavía. En un trance en que metí mi mano para bajarle el sostén, besé su oreja y lo vi:
—Querida, el niñato está a tres butacas a tu izquierda —le dije al oído.
Ella giró la cabeza hacia el chico. No sé que hizo ni cómo lo miró mas lo cierto es que a los dos minutos, mientras nos besábamos de lengua, el niñato estaba pegado a ella, en la butaca de su izquierda. Observé de reojo que trataba de mirar dentro de su ropa. No le dimos importancia y seguimos con lo nuestro.
—Querido, el niñato me está metiendo una mano por el tajo de la falda —me dijo por lo bajo.
—No le hagas caso. Déjalo que estoy yo por si se propasa.
Pero lo que más quería (queríamos) era que se propasara. A los cinco minutos ella tenía la blusa completamente abierta, el sostén por la cintura y una boca ávida en cada pezón. Jadeaba como una loca. De improviso dijo nooo, que en realidad era un siii, al sentir que los dos coincidíamos nuestras manos en sus bragas, para entonces ya muy mojadas.
—No, eso no —dijo ella, lo que hizo que nos excitáramos más y termináramos bajándole las bragas empapadas.
Pero ese no de ningún modo se refería a nuestras manos ni a nuestras lenguas. A lo que ella se refería era a la polla empalmada del viejo de adelante que amenazaba con ponérsela en la boca. El sesentón se las había arreglado para pasarse de su fila a la nuestra sin que los tres lo notáramos. Yo le dije tranquila, tranquila, mastúrbalo sin dramas. Ella entonces me hizo caso y el sesentón se retorció como una marioneta.
De pronto el viejo se arrodilló delante y empezó a comerle el coño. Nos miramos con el niñato y volvimos a succionar sus pezones, yo el derecho. Sentí en mi mano que se corría una vez tras otra. Supongo que también lo percibió el niñato porque oí el ruido de su succión al mamarla, fruto de su mayor entusiasmo. Ella ya saltaba en la butaca. Sus gritos de placer despertaron al viejo más alejado que no parecía entender nada aunque se dio vuelta. Quizá era corto de vista o la penumbra no le ayudaba.
Al cuarto orgasmo de mi mujer, dije:
—Bueno, basta. Aquí estamos muy incómodos, síganme.
Ella se abrazó a mí, su cabeza en mi hombro. Se dejó llevar. Me miraba por momentos con ojos ardientes. No hizo nada por cubrir sus pechos ni para evitar que la condujera a los lavatorios. No había nadie en el camino y me dirigí resuelto a entregarla. El niñato y el sesentón nos seguían como perritos.
Una vez en los lavabos, les dije que la desnudaran. Hacía calor, así que ella estaba caliente por partida doble. Iba a ser su primer swinger y se la veía sumisa y espectante. Me dio morbo verla completamente en cueros mientras el niñato y el otro se quedaban desnudos de cintura para abajo.
—Tú debajo, de espaldas al suelo —le ordené al niñato—. Y tú cabálgalo ya —le dije a mi mujer.
En un instante ella se puso arriba y vi cómo su coño se comía en un relámpago la polla del chico. El sesentón a un costado se masturbaba despacio. En cuanto la vi bien empalada por el chico, le entré de atrás, por el ano. Ella alzó el torso y suspiró, nunca la habían penetrado doble. El niñato gritaba de placer y cada tanto alzaba su cara para chupar un pezón o el otro. El viejo vio su oportunidad y por fin le puso su polla en la boca, polla que mi mujer empezó a chupar como una ninfómana.
Para mí fue demasiado. No aguanté la excitación y me corrí en su recto. Tomé papel higiénico y mientras me secaba el semen, vi que el sesentón me reemplazaba ocupando mi lugar detrás de ella. Mi mujer montaba como una loca al niñato que respondía con todo.
Entonces me fui con toda la ropa de mi mujer hasta la puerta de los lavatorios.
—No me dejes sola —escuché que me gritaba, pero era hora de que disfrutara sin mi compañía.
Además, me excitaba mirarla en esa nueva perspectiva. Con dos pollas moviéndose dentro de ella. Era muy conmovedor verla atrapada entre los dos tíos, con esos dos culos moviéndose acompasados, uno arriba, medio arrugado, y otro abajo, joven y algo peludo.
—No me dejes sola —insistió.
—Me quedo acá para impedir que entre alguien. No tengas miedo, sigue con tu placer, mi amor.
Mentira, si hubiera aparecido alguien lo hubiera invitado a follársela por la boca o a chuparle un seno. Y de aparecer un regimiento pues le habría propuesto que la follaran en grupo. Felizmente para ella (o quizá lo contrario) no apareció nadie más. Así que contemplé cuando el viejo sacaba su polla del culo y la lavaba tan rápido como podía. Y después cuando volvió a ponerse sobre su espalda desnuda y la penetró más abajo. Sentí su no, así no, al que ellos no le hicieron ningún caso. Ahí comprendí que la follaban los dos juntos por el chocho.
Presentí que ellos no aguantarían mucho más. Creo imposible que dos hombres pueden durar mucho sin que se corran enseguida cuando frotan sus vergas mientras penetran un coño jugoso. Así fue. Vi cómo los dos tipos disfrutaban su corrida. Y hasta vi cómo la llenaban por completo y la mancha húmeda que dejaban en el suelo. Al rato ella estaba sumisa, arrodillada, succionando la verga del niñato mientras el sesentón miraba y se ponía los pantalones.
La ayudé a vestir. Me dijo al oído que había acabado como una docena de veces. La sabía multiorgásmica por tantos años de casados, pero no dejaba de ser un record y un orgullo de todos modos.
Salimos los cuatro y nos fuimos a comer unos tacos por ahí. Ellos propusieron ir a casa del niñato. Vivía solo y no había vecinos molestos pero entonces dije basta, por hoy ya es bastante. Ella miró con cierta pena las caras contrariadas de los dos tíos pero me mantuve firme. Acepté que me dieran sus teléfonos para no entrar en polémicas pero no los conservé. Quiero que sea una puta salvaje cuando decidamos nosotros y no cuando lo decida otro.  
No fue la única vez que hicimos algo así en ese cine triple equis. Repetimos después unas cuantas veces orgías parecidas mas nunca con dos desconocidos, siempre con uno solo. Cuando estamos cachondos disfrutamos mucho recordando cada encuentro, anónimo, sin nombres que comprometan. Sin embargo ninguno es lo bastante para ponernos tanto como cuando recordamos la historia que aquí les he contado.    

(El cine XXX)


jueves, 18 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-34. La historia ocurrió probablemente en 2011.

Lo que voy a contar me ocurrió hace unos años. Por entonces estaba muy entusiasmado con el llamado tercer sexo. Lo veía en videos por internet, en publicidades de escorts, incluso en la tele siempre andaba alguno hablando del tema.
En fin, yo tenía curiosidad por saber cómo sería tener sexo con una travesti. No eran mujeres pero se las veía como tales. Esas formas femeninas, esas cabelleras densas, las hacían hermosísimas. No, con un hombre nunca me atrevería a tener sexo pero una travesti era casi una mujer. Es cierto que tienen atributo masculino pero quizá justamente por eso me deleitan. Mezcla de hombre con predominio de mujer, pensaba. Y no paraba de masturbarme por ellas. Dejé de pensar en mujeres y empecé a pensar en travestis todos los días. Bien femeninas, eso sí.
Hasta que un día no pude más y decidí ver a una. No es sencillo conseguir una travesti como amiga. Hay relativamente pocas y encima las pocas que hay ni miran a los hombres por la calle, salvo que sean muy hermosos, cosa de la que disto mucho. Por eso entré en una página de escorts, una exclusiva para el tercer sexo. No diré el nombre de la persona. Ni el verdadero, que no conozco; ni su seudónimo, que es muy conocido.
Así que partí a verla después de pactar una cita por teléfono. Me hizo pasar. Era más hermosa que en la foto. Una morena de unos 27 años, no los 20 que anunciaba su página web para atrapar incautos, esos que se desviven por las jovencitas. La habitación coqueta, con detalles infantiles quizá en exceso, pero cálida. Le expliqué:
—No pienses mal. No soy homosexual. Sólo tengo curiosidad de saber como es tener intimidad con un travesti.
—No, no, no, bebé. Nada de “un”... “una” travesti —me aclaró—. Porque me siento mujer, soy mujer desde la punta del cabello hasta los pies, bebé.
Aclarado el punto pactamos dos horas. No era barata ni mucho menos pero su figura, su cara, su pelo valían la pena. Me quedé.
—No tengas miedo, no te haré nada que no quieras.
Me quedé tranquilo. Sus movimientos y su sonrisa eran femeninos. Su voz no tanto; tenía un dejo de afectación, como algo forzado. En fin, nada es perfecto, pensé. Ignoré también su nuez, bastante masculina, así como sus manos que —aunque cuidadas, de uñas largas y pintadas de rojo fuego— no resultaban pequeñas. El resto era muy femenino, bien femenino. Sus senos artificiales eran preciosos, con buena caída. No dos budineras extravagantes como suelen tener ciertas vedettes de cuarta. Eran proporcionados a su estructura corporal. Bien pensados por el cirujano que se los hizo. En síntesis, era una mujer con pene, o al menos a mí me pareció. Por lo demás me resultó simpática, con buena onda. ¿Qué más podía pedirse?
Nos desnudamos. Dobló mi ropa como lo haría una mujer amorosa con su hombre, cosa que me encantó, y puso al lado la suya.
—Te haré gozar como ninguna te lo hizo, bebé —fueron sus últimas palabras antes de apretar su cuerpo contra el mío.
No se quitó unas medias de seda que tenía puestas. Quizá el día anterior no se habría depilado, tampoco me importó. O quizá se las dejó sólo porque la hacían más sexy. No sé. Me puso de espaldas sobre la cama y me dijo déjame hacerte… Mientras miraba el techo, sentí cómo atrapaba mi pene con su boca y jugaba con mi glande. Me masturbaba y usaba su lengua a modo de pincel en mi frenillo. Sus lamidas eran perfectas; sus labios, dulces al apretar a modo de mordida.
Imaginé que un ex hombre sabía más de esto que una mujer verdadera simplemente por haber sentido esas sensaciones en su propio miembro. Era divino cómo alternaba lamidas con succiones plenas. No dejó de lamer y usar su lengua entre la punta del glande hasta detrás de mis testículos. Mi excitación era tal que le pedí subir a la cama. Lo hizo poniéndose en cuatro patas.
Por fin iría a penetrar a una travesti como venía soñando. Era mi idea desde hacía meses y sólo por temor no me había decidido. Pero ahora sí, ahora tenía a esta mujer hermosa, me decía, con esas nalgas voluptuosas frente a mí, y su ano abierto que pedía ser ocupado. Así que me volqué sobre esa espalda, hermosa, suave. Amasé esas tetas compactas de debajo mío en tanto mi pene rozaba su entrenalga. Tuve un estertor de placer. Su aroma, su piel cálida, todo me pedía poseerla pero yo me retenía. Sentí que si la penetraba en ese momento me derramaría, acabaría a pleno. Y yo quería disfrutarla las dos horas convenidas, ni un segundo menos. Así que me limité a frotarla de atrás con mi pelvis, eso no me haría eyacular enseguida. Lo sabía. Conocía bien cómo funcionaba mi cuerpo de tantas experiencias con mujeres. Disfrutaría de esa piel y de esos senos hasta la última media hora en que sí la penetraría sin piedad. Quizá ese cabello largo se volcara sobre mí cara al sodomizarla desde abajo y aumentaría la sensación. Lo había hecho así con varias mujeres, con muchas mujeres, inclusive por el ano, ¿por qué no con esta maravilla?
De pronto se empezó a dar vuelta. Mejor, pensé, vería sus tetas hermosas durante todo el tiempo, las chuparía —cosa que hice— y la franela sería frontal. Una sensación nueva me invadió, nunca había hecho frotación de penes… así que bien, muy bien, no dejaba de ser excitante.
Gocé como nunca. Ella me fue envolviendo hasta tenerme de costado.
—Bebé, mi bebé… déjame volcarte —me dijo y yo obedecí.
Me puso en cuatro patas, yo dispuesto a gozar. Ella lamió mi espalda y bajó con rapidez hasta mi ano. Sentí que lo lamía con fruición, que no paraba de lamerlo y lamerlo. Me sorprendió esa sensación desconocida. Me daba cierta vergüenza pero me quedé porque el placer era muy, muy grande. Me empapó de saliva, sabía hacerlo, tenía técnica. Metió su lengua y jugó con su dedo en mi orificio. Grité. Su yema pasaba suave, lentamente, mi placer era inmenso. En un momento introdujo un dedo:
—Ay, es virgen, qué maravilla —fue lo que dijo.
Yo estaba enloquecido. Me dieron ganas de penetrarla, de descargarme. Pese a su mohín de enojo, aceptó que me diera vuelta mirando de nuevo hacia arriba y se extendió sobre mí de espaldas contemplando también al cielo raso. Frotó sus nalgas contra mi pene mientras preguntaba: ¿Así bebé?, ¿así te gusta? Nos unimos en un jadeo prolongado hasta que ella por fin se levantó y me dijo:
—Déjame a mí, ahora sos mi bebé, mi lindo bebito.
Y se arrodilló en la cama entre mis piernas abiertas y alzó mis rodillas a la altura de sus hombros. Me levantó las nalgas y bajó de nuevo la cabeza. Sentí un gozo enorme cuando volvió a tocarme el ano con la lengua. Estaba casi inmovilizado, entregado a su arbitrio. Penetró su lengua en mi ano. Ya no era un simple lamido, era un pedazo de su carne, de su cuerpo dentro de mi cuerpo. Di un alarido de placer que la puso a mil:
—Ay, qué hermoso culito virgen, putita. Estás divina, mi amor. Dale que te va a gustar... Quiero que goces. Vamos, déjate, yo me encargo —y lo dijo con voz ronca, sensual.
Escupió en mi ano mientras abría bien mis nalgas, que ya estaban casi invertidas hacia arriba. Ella en posición dominante, yo inmovilizado abajo y todo doblado en U.
—Vamos, putita, hazme caso que vas a gozar. Relájate, déjame penetrarte, dale —insistía con su voz acariciante.
Volvió a escupir en mi ano varias veces y a lamerme y a penetrar su lengua. Al fin me arrolló de arriba, mis rodillas en sus hombros, presionaba fuerte hacia delante y abajo. Sentí la punta de su pene en mi ano.
—Noooo, no lo hagas —le grité.
—Vamos, putita, te va a gustar, déjame hacértelo, mi amor. Déjame hacerte mía
Pero no me penetró. Podría haberlo hecho pero no lo hizo. Disminuyó la presión de su cuerpo y bajó de nuevo la cabeza hacia mi sexo. Chupó mi pene muy rápido, como al pasar. Lamió mi glande y siguió lamiendo hacia abajo hasta centrarse de nuevo en mi ano. Y ahí sí, su lengua no perdonó nada ni tampoco su dedo. Dedo y lengua, lengua y dedo, se alternaban para abrir mi ano virgen. Volvió a escupir con fuerza mi orificio varias veces más. Uno de los escupitajos lo sentí bien adentro. Tan adentro que me hizo saltar en horizontal. Entonces ya no pude más, me di vuelta ofreciendo mi ano y le grité:
—De una vez, por favor, de una vez... no demores más. Te deseo, no aguanto más.
Vi en el espejo su sonrisa perversa. Se volcó sobre mi espalda apoyando sus tetas bien fuerte, tetas que daban mucho placer.
—Bien, putita, bien. Te voy a coger como deseas. ¿Viste que era lindo? ¿Viste que no te haría nada que no quisieras? Ahora quietita, déjala hacer a mamá, bebé, mi bebé. Déjala que te lo haga bien.
Enseguida irguió su cuerpo bien a lo macho en tanto yo permanecía en posición de ele, como pasivo. Clavó la punta en mi ano. Sentí un dolor intenso que aumentaba. Sus manos agarraban firmes mis caderas. Su fuerte verga se veía perfecta en el espejo del costado. Su rostro perverso, en el que quedaba frente a mí hacia el pie de la cama.
—Ay, qué lindo culito. Qué culito virgen. Hermoso. Dámelo. Dámelo que te lo abro como un quesito, mi bebé…
Y fue penetrando pese a mis gritos de dolor. No lo hizo de una sola vez, no. Penetraba un trecho y paraba. Otro poco y paraba. Así avanzaba. Me tenía dominado desde atrás. Tan dominado que con su pene a medio camino en mi ano se dio el lujo de amasar sus tetas con ambas manos, cosa que le producía un placer evidente. Ya no había vuelta atrás, sería su putita como ella misma repetía una y mil veces. Cada vez que detenía su avance, mojaba sus dedos con saliva y los pasaba por la parte libre de su pene, la que aún no me había penetrado. No usó ninguna crema. Sólo saliva, persuasión y fuerza.
—Vamos, putita. Falta apenas un poquito para que te entre toda. No te vas a quedar así, sin conocer el resto... Vamos, que ya te termino. Dale que vas a saber lo que es coger con una chica traviesa. Y había perversidad en el tono. Me daba vergüenza pero ya era tarde.
El envión final fue terrible, pavoroso. Sentí un dolor intenso. Miré durante un segundo el espejo y vi su cara que se desfiguraba de gozo y maldad. Me estaba desvirgando a pleno. Me estaba…
—Sí, mi amor, sí. Te estoy rompiendo el culo, mi amor. Mi bebé… y bien roto, bien rotito… Así, así, como tiene que ser. 
Sólo le faltó decir como me lo hicieron a mí de chiquito. Su rostro tenía ya sonrisa de diablo. No sentí placer en mi ano, pero sí cuando sus tetas se apoyaron de nuevo en mi espalda. Sus lolas se frotaban y me dominaban dándome gozo. Su pene, en tanto, hacía el trabajo brutal, violento, sin placer para mí aunque supongo que enorme para ella y su sexo.
Pensé que me iría a eyacular en el recto pero no. En un arranque de histeria me la sacó con violencia. Me hizo arrodillar sobre la cama mientras se paraba delante. Me ordenó:
—Vamos, chupa, putita. Chupa a mamita que hoy te hizo bien putita. Vamos, chupa, chupa.
Ya estaba mareado de tanto dolor pero al ver esa verga tan fuerte, tan erecta, frente a mí, me dieron ganas de tenerla. Ella no dejaba de masturbarse frente a mi cara ni de insistir que la chupara, cosa que hice porque un fuerte agradecimiento me impulsaba a desearla. Así que succioné como nunca, mientras su torso se retorcía allá arriba. De reojo, la visión de sus hermosas tetas me dio más ánimo. La mezcla de mujer y hombre volvía a ponerme loco y no paré de chupar y chupar con ella pajeándose a full.
—Dale, chupa, putita, chupa bien. Chupa la verga que te penetró. No pares de chuparla.
Y de pronto lanzó el chorro en mi cara. Apenas si alcancé a cerrar los ojos. Lo hizo en medio de sus gritos:
—En la boca, vamos, en la boca. A tragarla de nuevo. Dale.
Agarró mi cabeza y yo, obediente, abrí mi boca y sentí su verga fuerte, dura, despótica. A los dos segundos sentí el chorro acre en mi garganta, me estaba copulando por la boca, se estaba acabando en mí en pleno paladar.
—Seeeee. Traga toda mi leche como buena putita, seeee… Así, así…
Después sacó su pene de mi boca y se fue a lavar. Me quedé solo, no sabía si me sentía feliz o no. Había ido a penetrar a una travesti y la excitación me había llevado a que me penetrara ella. Sentía mi recto dolorido y cierta depresión. Como si un vacío me invadiera.
Ella salió del baño como si nada.
—Ahí está el toilette libre, bebé —y se fue; descubrí que siempre decía toilette, le parecía muy fina esa palabra.
Mientras orinaba, escuché por la claraboya abierta que la travesti hablaba con alguien. Comprendí que era su pareja. El otro era el macho en esa relación pese a sugerir también en su voz un dejo de feminidad. Le preguntó cómo le había ido conmigo. La travesti le contestó que yo me había resistido al principio pero:
—Al final me lo cogí bien cogidito. Como siempre, ja, ja, ja. ¡Se creía que le iba a perdonar el culo por ser virgen! Ni loco, al contrario...
Su voz era grotesca. Las risas de ambos también. Ahí recordé que una prostituta una vez me advirtió:
—Sí, bebé, parecen mujeres pero son tipos disfrazados con tetas. Trabajé varios años con ellos en un puterío del centro. Ojo, son resentidos. Quieren volver putos a todos los hombres que caigan. No me preguntes por qué… No lo sé.
Ahora las frases entrecortadas de la claraboya indiscreta me daban la pauta. Algo de lo que aquella buena puta no se daba cuenta: necesitaban humillar a los machos tal como los humillaron a ellos. Nivelar hacia abajo era la idea. Cuando todos los hombres sean putos, las travestis seremos reinas parecían decirse. Sus risas lo corroboraban grotescas, insultantes.
No vi a la travesti al salir del departamento. Salió el novio a abrirme. Era algo encorvado, de unos 30 años, con seguridad un mantenido por ella. El tipo se dio el gusto de conocerme. Una sonrisa socarrona lo acompañó en el ascensor, y en la puerta de calle al despedirse. El te esperamos cuando quieras parecía traducirse como otro puto más en la lista y con éste van…
Y lo patético es que seguí visitando a esa travesti como un corderito. Aun hoy la sigo viendo y pagando su arancel, como gusta decir. Siguió haciéndome igual una y otra vez. Me ha hecho su pasivo por completo. Y lo peor es que ahora sí me da placer su penetración. Hay en ella un magnetismo animal que me obliga a humillarme y a caer bajo, muy bajo...



(Cazador cazado)

miércoles, 17 de junio de 2015

Contribuido por la señorita XX-33. El hecho ocurrió a fines de 2012.

En mi universidad hay varias chicas hermosas. Entre ellas mi maestra de deportes. Por entonces tenía que controlar mis impulsos de querer tocarle los pechos cuando ella trotaba y estos le saltaban.
Un lunes me toca deportes, así que arreglé mi uniforme para que me quedara más ajustado. Mi idea era conquistar a mi maestra y tener sexo con ella. Nunca había tenido sexo con ninguna chica. Lo que tenía bien en claro era que quería ser lesbiana, me sentía lesbiana. Aunque no me provocaba deseos cualquier mujer, no, sólo mi maestra de deportes. Sí, realmente yo era virgen.
En verdad, tampoco sé cuándo una lesbiana considera que dejó de ser virgen. Creo que la penetración ni tiene que ver. Las heterosexuales no tienen duda, dejan de ser vírgenes cuando un hombre las penetra pero no creo que sea así entre nosotras. Entiendo que perdemos la virginidad al tener contacto físico con otra porque no todas las parejas de lesbianas se penetran.
Pero me estoy desviando del tema. Voy  a contar lo que me pasó. Ese lunes me imaginaba haciéndole la tijera a mi maestra de deportes. Es hermosa y la deseaba intensamente. Es más, la amaba intensamente. Me imaginaba metiéndola en mi apartamento, besándola con pasión y arrancándole la ropa. Y ella también a mí. Ambas bien explosivas. Me ponían con todo esos joggins apretados, esas camisillas provocadoras, que usa.
Pero me deprimía que tuviera novio, que hablara de casarse. Así que estaba yo siempre entre el cielo y el infierno. Alguien dirá que es más tentador que tenga novio, que sea heterosexual, pero es horrible para quien desea y ama como deseaba y amaba yo en esos días. Si al menos la mujer deseada fuera homosexual, si una al menos tuviera certeza de eso, habría una esperanza. Pero no siendo así, una se inhibe, se descorazona.
De todas maneras ese lunes estaba decidida a hacer algo. Pensé en conversarla por un período de tiempo para ser más allegadas, entrar en confianza. Algo sabía sobre ella, sobre sus gustos. Por ejemplo sabía que le gustaban las películas de dramas, las intelectuales. No las tontas ni las de acción. También que le gustaba tomar vino en la cena. Era poco pero algo era. Ese lunes, demoré en vestirme después de la clase de deportes. Lo hice a propósito para salir con ella. ¡Y lo logré! Me acerqué y empecé a preguntarle sobre reglamentos deportivos y esas cosas. Ella se mostró muy amable y me contestó entusiasmada mientras caminábamos hacia el límite del campus. Caminamos juntas hasta su carro. Ya me despedía, cuando me dijo que me acercaría hasta mi casa o hasta donde me fuera más cómodo. No lo pensé dos veces y me metí en el vehículo. Sin el equipo de gimnasia se la veía aun más sexy. Me tenía que contener. Tiene ocho años más que yo. A sus 27 años no era nada vieja, me encantaba su edad, me encanta, me sigue encantando.
Ella iría al centro a ver por algunas clavas en un negocio de deportes, así que me dijo que si quería acompañarla y ver de comprar esos reglamentos que lo hiciera. Fuimos juntas. Cuando salimos, me invitó a tomar un café y charlamos de muchas cosas. Estaba en el cielo por pasarla junto a ella y me dio una esperanza —remota por cierto— de que yo le agradara. De nuevo en el carro intercambiamos teléfonos. Entré a casa cantando, esa noche soñé con ella, soñé que me despertaba con un beso en la mejilla.
En la semana nos llamamos varias veces. Yo ansiaba su llamado. El jueves le dije si estaría libre por la tarde y me dijo que sí. Tomamos otro café. Charlamos sobre la posibilidad de ver juntas una película. Se puso a pensar y me dijo que el único día libre que tendría sería el sábado por la noche pues su novio no estaría porque viajaba al interior. Después agregó:
—Pero sería muy desconsiderada contigo hacerte venir a casa: tú no tienes carro.
Me palpitaba a cien el corazón cuando le dije:
—¿Y por qué no vienes tú a mi apartamento? Es modesto pero acogedor. La pasaremos bien…
Ay, que atrevimiento, pensé casi arrepentida. Ya me palpitaba a mil mientras consideraba su respuesta, que al final fue simple:
—Tienes razón, el sábado a las seis, ¿te parece? Compraremos comida y veremos esa película. Será muy lindo.
Y así quedamos. El viernes no pasaba nunca. Me distraía de continuo. Me levantaba y me iba a la ventana. Quería ver su carro aparcado frente a casa. Volvía a mi lugar para seguir estudiando pero no podía concentrarme.
El sábado fue todo distinto. La actividad me tuvo entretenida y las horas pasaron rápido. Mi apartamento es uno de arrendamiento barato, hecho para estudiantes del interior, de ahí que sea chiquito y todo deba hacerse en una mesita minúscula o en la cama. Me aterraba que le espantara la precariedad pero me alentaba que hubiera poco espacio. A menor espacio el contacto físico casual es más probable, pensé. Puse la TV y el aparato de video de tal modo que permitiera cierta intimidad. Limpié todo lo que pude y salí a conseguir dos películas en la casa de video. Una de ellas la que me había dicho que le gustaría ver. A las seis en punto estaba tocando el timbre de mi puerta. La hice pasar:
—Me encanta tu apartamento. Me recuerda mis tiempos de estudiante.
Qué alivio. Me torturaba que saliera espantada. Qué tonta. Me había olvidado que ella tampoco era de la capital. Así que salimos a comprar la comida y una botella del mejor vino que conseguimos. Por momentos me parecía como una hermana mayor pero no; no debía ser mi hermana, no. Éramos amigas y por ahora eso me bastaba. No perdería su amistad por nada del mundo. Estaba más sexy que nunca, pero me juré no hacer tonterías que la espantaran.
Al volver a su carro, le dije que había alquilado dos pelis.
—¿Dos películas? Pero… ¿no se me hará muy tarde?
—Uuuy, pensé que te quedarías a dormir…
—¿Te parece? No se me había ocurrido pero además no querría molestarte…
—No sería ninguna molestia. Vivo sola como ves, además cenando con vino no conviene que salgas manejando tarde a la noche. Te quedas y de paso desayunamos juntas a la mañana. Me encantará prepararte unas tostadas.
—Eres un amor pero no sé… —me golpeó esa palabra.
La miré mientras consultaba el espejo retrovisor para arrancar el carro. Tenía unas ganas tremendas de besarla pero me contuve. Amor… me había dicho amor, aunque fuera sin ninguna connotación sexual era más de lo que hubiera imaginado. Así que jugué con todo:
—Dale, te quedas. Desayunamos y después hacemos un trote juntas —a una profe de gimnasia hay que tentarla así, pensé con cierta perversidad amorosa.
—Mi amor, no traje equipo —otra vez esa palabra.
—Tengo un par en casa. No tienes pretexto —le dije alegre.
Nos echamos a reír juntas, después de su “eres terrible” y volvimos a casa.
Así que pusimos la peli mientras comíamos. Sabía que ella era sensible a las pelis dramáticas. El jueves me había dicho que muchas veces la hacían llorar. Y ahí estaría yo cuando ocurriera.
Comimos, nos servimos vino y miramos la peli. Ambas en pijama, yo tenía más de uno. Ella es de mi talla. Al fin terminamos la comida y el vino. La trama de la pantalla se hizo más y más intensa. En un momento el tema era tan agobiante que le ví saltar las lágrimas. Entonces me acerqué y le puse una mano sobre el hombro y puse mi sien contra la suya. La atraje apenas hacia mí, le acaricié la cara. Después le besé la cabeza mientras la abrazaba. No se lo hacía como un amante sino como si fuera mi hermana. Nada sexual, me dije, nada. Tienes que controlarte, me impuse a mí misma. Ella aceptó las caricias de buena gana y así nos quedamos viendo cómo la peli avanzaba hacia el desenlace final. Era muy tierno tenerla tan cerca. Evitaba toda zona erógena suya y mía en el contacto. Nunca olvidé su heterosexualidad. Estaría así mil años con ella en los brazos, aunque nunca fuera mía.
De pronto tuve una idea. La besaría en la sien. Sí, la sien quizá sería la puerta. En la sien está permitido besar. No es la boca ni los senos. Ni siquiera el cuello o las orejas que pueden resultar erógenos. Sí, me dije, la sien es la puerta, la clave. Y lo fue. Ella se acurrucó un poco más y me besó la mejilla como respuesta a mi cariño. Sus ojos todavía tenían rastros de llanto.
—Nunca estuve así con una mujer. No pienses mal. Estoy sensible —le sonreí y le respondí el beso con otro en su mejilla. Yo estaba que volaba.
—Yo tampoco estuve jamás así con una mujer.
Y no dejamos de abrazarnos.
—Sería lindo si se pudiera dormir así —no podía creer oír eso, pero agregó:— si no fuera que la gente lo ve mal.
—La gente no importa, porque igual no estamos haciendo nada malo —le dije.
—O sea que te parece que durmamos abrazadas, ¿no te molesta? No te parece muy… no sé…
—Para nada, antes así me ayudas con el frío que me da por las noches.
—Si fuera así, hoy no tendrás frío… ¿Sabes? No debería decirlo, pero siempre fuiste mi alumna preferida. Pasa que en clase no podía demostrártelo.
—¿En serio? Tú eres mi profesora favorita. Aunque siempre temí decírtelo.
—Ay dios. Espero que nunca nos vean así, pensarían mal de nosotras.
—No importa eso. No estamos haciendo nada malo. Pero si a ti te incomoda, te doy tu espacio.
—No, no. Quédate así. Una vez que tengo a mi alumna favorita conmigo, mira si la voy a perder…
—Eres muy tierna —le dije
—Tú también.
—¿Quieres dormir ya? —propuse.
—Quédate un poco más así, ¿sí?
—¿Sabes? Es increíble, porque sentía lo mismo contigo —me animé a decirle.
—Estoy segura, pero tú puedes tenerme como tu profesora favorita y ninguna de mis colegas se entera.
—Me daba pena no poder demostrártelo. Gracias. Eres muy amable y tierna.
—A mí me daba miedo de tus compañeras, de parecer injusta, de tener preferencias contigo. Por eso mi actitud distante a veces…
—Por mi parte nadie lo notará.
—Una alumna no tiene esos problemas, una profe como yo, sí.
—Puedes estar tranquila, sé disimular.
—No hay nada que disimular, sino no hacemos nada malo. Salvo que nuestras conciencias... Pero no… ¿no?
—Nuestras conciencias… ¿que?
—Es que te quiero mucho y veo que tú me quieres también… No sé... Debe ser el vino que me hace decir tonterías, no me hagas caso —me dijo esto a la par que se acurrucaba un poco más contra mí; no sé cómo aguanté besarla en la boca.
—Sí, es cierto, pero no hay nada malo en ello —mentí.
—No, pero es que... ¿todavía quieres dormir abrazada a mí?
—Ya, sí, ¿y tú? Porque yo sí.
—Eres una chica valiente. Con decisión. Pero… ¿no nos hará mal dormir abrazadas?, ¿que crees?
—Para nada, antes nos quitamos el frío que hace ahora. Además ya lo estamos y nada nos pasó —reímos y con ganas.
—No digo por eso… Digo por si mañana no extrañaremos dormir separadas.
—¿Entonces?
—Entonces que quizá suframos dormir solas después. Tú, mi alumna preferida. Yo, tu profe favorita. Eso pasa.
—No quiero que sufras… jamás. Lo evitaré a toda costa.
—Pero no puedo venir a dormir contigo todos los días. Ay, mira las cosas que digo...
—No es nada malo, si quieres venir a diario lo puedes hacer. A mí me encantaría recibirte.
—No seas chiquilla. Tus vecinos pensarían mal.
—¿Por qué lo dices?
—Porque eres joven y no conoces a la gente… ¿Qué crees que pensaría cualquier vecina si de pronto entrara y nos viera así en la cama abrazadas? Una vieja y una jovencita.
—Primero que no eres ninguna vieja. Segundo que los vecinos no son problema, aquí nadie entra sin mi permiso. Igual la señora de abajo es sorda y se duerme a las ocho.
Pareció que no pararíamos de reír juntas. Mas ella insistió:
—Pero no es la única vecina.
—Los de arriba sólo vienen en vacaciones —le aclaré.
—Te quiero mucho, mi alumna preferida.
—Y yo a ti.
—Pero mucho… mucho.
—Y yo te juro que haré lo que sea para que te sientas bien porque también te quiero mucho, mucho, mucho.
—Estoy de novia. Lo sabes. No puedo venir a diario a dormir contigo… abrazadas. Y eso sólo nos haría sufrir a las dos. ¿O tú no sufrirías?
—Pero sí podrías venir en la tarde. Claro que sufriría y más ahora que me acostumbré a tenerte así. Quiero estar siempre a tu lado.
—Doy clases varios días por la tarde. Además a la tarde no hace frío y tú dices que es mejor dormir abrazadas por el frío, ¿no? Sólo por el frío...
—¡Y porque te quiero! —le dije casi a los gritos.
—Ay, dios, ya sé que me quieres. Yo, también. Pero, ¿entendí mal? Me quieres como...
—No quiero que te sientas… mal. Si te sientes incómoda...
—No, no, yo también te quiero pero dime si... Ay, mira, estoy temblando. Di lo que sientes, por favor... Aceptaré tu amor pero dime qué amor es, por dios. Estoy nerviosa, nunca pasó por mí este sentimiento…
—No se dará nada que no quieras, mi profesora favorita…
—Es que ese es el punto. No se dará nada que yo no quiera y es que... creo que yo quiero...
—Entonces no te sientas mal. Es tu corazón el que manda.
—¿Alguna vez te pasó a ti con alguna mujer?
—O sea que... tú... conmigo... ¿es así?
—¿Tú estás sintiendo lo mismo?
—Sí… acaso, ¿te molesta?
—¿Cómo me va a molestar? Si yo lo siento igual, mi pequeña preferida. Pero ¿desde cuando? ¿Desde cuándo sientes cosas por mí?
—Desde que te conocí.
—¿Tanto tiempo?
—Sí, pero no era capaz de decirte nada.
—Tú me gustaste siempre también, eres buena gente, además de mi alumna preferida.
—Tú igual y encima muy hermosa.
—Pero tú… Ay no puedo decir algunas cosas, ayúdame. ¿Cuando me veías qué te pasaba? Digo, a nivel físico...
—Se me aceleraba el corazón. Me provocaba...
—¿Qué cosa?
—No quiero que te enojes, mi profe...
—¿Cómo me voy a enojar? Dilo por favor, dilo. Quiero oírlo.
—Me provocaba besarte. Te deseaba mucho y... todavía... ¿No estás enojada, no?
—No. Ahora no te enojes tú con lo que te diga.
—Dime, no me enojaré.
—Antes de besarnos, mi novio dijo que lo provocaba mucho verme correr. El balanceo de mi pecho, ¿entiendes?
—A mí me pasa igual.
—Dice que mis pechos saltan con mucha sexualidad, ¿es cierto?
—Es cierto, mi querida profesora.
—Tus pechos son hermosos también. Bah, aunque nunca los vi desnudos. Ay, las cosas que digo. Perdona.
—No te preocupes. ¡No te imaginas lo que yo me he imaginado contigo!
—¿Qué? Dime.
—Tengo nervios... no sé si decírtelo. No quiero perderte.
—Dilo, por dios. Ya estamos jugadas, ¿no te das cuenta? Me amas… te amo… ¿qué puede enojarme?, ¿qué puede enojarte?
—Está bien. Me excita verte correr…
—¿Qué imaginabas conmigo?
—Me provoca agarrarte los senos —y aún no sé cómo me animé a decirle.
—A mí también y no soy lesbiana…
—Hazlo si quieres.
—Nunca estuve con una mujer… Y no sólo agarrarlos… quiero besarlos, mi alumna preferida.
—Adelante, no te detengas. Ahora me enojaría si no lo hicieras.
—¿Me querrás después?
—Siempre te querré.
—Quiero romperte ese pijama. Me pones de punta. Ay, no me dejes rompértelo, sujétame, soy una bruta por decirte eso.
—Rómpeme el pijama, hazlo.
—No, no, no. Rómpeme el mío antes. Aunque en realidad es tuyo también. Vamos, hazlo.
—Bésame, profesora, bésame…
Y me besó con pasión. Y ahí si que no aguanté más. Basta de esperar nada más. Te quiero desnudar, le dije y me dijo. Desnúdame, me dijo y le dije. Le agarré los senos con firmeza. Y ella agregó en medio de un suspiro:
—Pero mira que chuparás frío. Tendremos que abrazarnos después.
—No tendremos frío, te pondré caliente. NO sabes cómo.
—¿Nos pondremos desnudas bajo las mantas?
—Como quieras, pero bésame, no dejes de besarme —yo ya no tenía límite.
—Sí, te beso —y su beso fue dulce, hermoso.
—Te arranco la pijama —le dije— y me pongo sobre ti.
—Sí, sí, cúbreme. Es la primera vez que me cubre una mujer
La besé con mucha pasión por todo el cuerpo, me moví sobre ella, y le dije:
—Yo igual, jamás cubrí a una mujer. Es un sueño hecho realidad.
—Te adoro, pequeña preferida.
—Y yo a ti. No te imaginas cuanto…
—Tu calor me impulsa a besar todo tu cuerpito.
Besé su cuello y fui bajando hacia los senos. Sentí su grito “sííííííííí” y eso me volvió loca.
—Para, para, por dios, que me excitas demasiado. Quiero tenerte pero no sé como es esto, sólo tengo sexo hetero con mi novio. Perdona si no hago bien las cosas. Enséñame aunque no sé qué puedas enseñarme si es tu primera vez también —todo esto dicho con desesperación en medio de abrazos y rozamientos y besos y…
—Mejor, esto será 100% espontáneo. Como debe ser. ¿Sabes, profesora? Soy virgen.
—Ya lo veo, pero pronto no lo serás más. Penetraré tu cuerpo con los dedos, con la lengua, como sea, pero serás mía… y yo seré tuya.
—Me encantas. Siempre quise que hiciéramos esto.
—Te haré lo que sé de sexo. Lo que me gusta que me hagan. Besaré tu vulva
y jugaré con tu clítoris hasta que digas basta…
—Umm, sí, sí. Yo te haré igual.
—Penetraré tu vagina con mi lengua y serás mía, mía…
—Hazme de todo y te querré más.
—Hasta tu cola será mía. Ay, detenme que me paso. Nunca dije cosas así.
—No, no te pasas, quiero ir más allá del límite.
—Te haré todo lo que me hace mi novio con los dedos y me harás lo mismo.
—Vale.
—Entonces penetraré doblemente tu cuerpo, me sentirás como no sentiste nunca a nadie.
—Dale, me encantas.
Y penetró su pulgar en mi cola y amenazó con dos dedos mi vagina. Sentí un placer increíble tras su contacto.
—Esto podemos hacerlo como los hombres. Muchas mujeres lo reciben así de su marido o amante.
—Ummm, hazlo, hazlo, yo te lo haré igual.
—Y ahí sí dejarás de ser virgen, mi pequeña.
—Sí, como siempre lo soñé y con quien siempre lo soñé.
—¿Le dirás a todo el mundo que tu amante tomó tu virginidad? No puedo darte la mía pero sí puedes darme la tuya.
—Así será.
—Me cortaré muy cortas las uñas para que no te lastime jamás. No importa que después me digan que no es femenino.
—Gracias. Yo haré igual.
—Quiero darte todo mi amor.
—Eres supertierna.
—Quiero que grites, que me acabes en la mano.
Pero no lo hizo ese día. Yo sí le hice lo que le hacía su novio. Tuve que esperar varias semanas hasta que decidió avanzar sus dedos en mi vagina. Le aterraba romper mi himen hasta que un día le insistí tanto que la obligué a hacerlo. Sentí dolor y placer, placer y dolor a la vez. No importaba, era suya y ella, mía. Después fue encontrarnos sábado tras sábado. Aún hoy después de dos años, ella ya casada con su novio de siempre, todo sábado —sin faltar uno— sigue siendo mía, sigo siendo suya…

(Mi dulce profesora)


sábado, 13 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-32. Esta historia ocurrió en 2010.

Me había levantado de la cama. Me dirigí a la cocina y ella estaba ahí. Mi fascinación y asombro terminaron por despertarme del todo al verla vestida tan provocadora. Ella estaba limpiando con un short diminuto y una camiseta ajustada. Hablo de mi cuñada que limpiaba en una posición en la que inclinaba su cuerpo hacia abajo, dejando relucir su hermoso culo, culo que quedaba elevado hacia arriba apuntando directo a mis ojos. El hecho de saber que estábamos solos en casa me motivó demasiado. Recuerdo que estaba vestido apenas con una ropa interior y una remera. Me acerqué por detrás y me coloqué muy cerca. Lo suficientemente cerca como para que notara la erección de mi pene. El sólo recordarlo ya vuelve a excitarme. Yo tenía entonces 25 años y ella casi 40; ella es la novia de mi hermano. Él, tan pícaro como yo, se buscó una mujer casada y de más edad. Aunque quien la ve no le da los años que tiene, y pese a sus hijos que son de varios maridos anteriores.
Así que la tomé de la cintura y la acomodé en la mesa de espaldas a mí. Ella se dejó llevar. A pesar de que es una mujer que sabría defenderse, no se defendió. No soy feo, las mujeres en la calle por lo menos me miran. Ese día estábamos solos y ella nunca limpia en casa. Eso me pareció raro, por eso tuve ese impulso: cogérmela.
Una amiga que no la conoce, pero que conoce una historia similar, me dijo que ella me quería coger porque siempre son las mujeres las que eligen. Siempre, me aseguró, sólo que lo hacemos de tal forma que el hombre cree que el que elige es él.
La tomé de la cintura y comencé a acercar mi verga a su culo, como dije. Me temblaban las manos de la excitación. Presionaba su cintura con fuerza hasta que ella soltó un gemido delicioso. Entonces introduje mi pene adentro. De solo recordar el recorrido que hizo en su recto, se me hace agua la boca. Se lo saqué y lo volví a meter nuevamente, todo esto lo hice lento, bien lento.
Se lo metí así, como estaba nomás. No le lamí la cola ni nada. Tenía la verga un poco jugosa, por lo que no fue difícil deslizarla. Quizá sintió mucho dolor cuando llegué a fondo pero yo lo disfrutaba y mucho. Ella con sus manos apoyadas sobre la mesa. Me fue fácil sacudir su cuerpito hacia adelante. Tiene un físico pequeño y atlético, es una joyita de muy buena forma. Además, levantaba su culito para que mi pene se deslizara mejor. Incluso, ya bien empalada, lo movía hacia atrás cuando yo iba para adelante y viceversa. Al fin le derrame todo el semen adentro. Gimió. Sí, quizá demasiado.
Al rato llegó mi hermano. Mi verga seguía parada. La eyaculación no me había suprimido la erección. Pero como sabía que él iba a llegar a casa, decidí dejarlo ahí y me fui a mi cuarto. Ella estaba un poco sonrojada pero casi siempre suele estar así. No creo que mi hermano se haya dado cuenta de nada.
Pasó un tiempo. Con ella nunca hablamos de lo sucedido. Era como decirnos tácitamente: acá no pasó nada.
Pero una vez en Halloween estaba solo en casa. Era de noche. Ella había caído por mi casa a buscar no sé qué cosa. Vino con una peluca colorinche y una minifalda. Se dirigió a su cuarto y yo me quedé mirándole el culo. En eso se dio vuelta y me miró. Se dio cuenta que la miraba y esbozó una leve sonrisa. Fue leve, muy leve, pero la noté. Se me paró la verga instantáneamente y me dirigí hacia su habitación. Ella me miró con cara preocupada al ver que iba hacia ella. Yo no me podía detener, estaba muy caliente. Entré y cerré la puerta. La miré serio y le dije:
—Te queda genial esa minifalda.
Ella había venido sola. Mi hermano, calculo, estaba con sus hijos buscando caramelos por las calles, como se hace siempre en Halloween.
Así que le pregunté si se tenía que ir rápido. Me contestó que sí. Le dije:
—Así vestida como estás me dan ganas de cogerte de nuveo.
Me acerqué más y le di un beso. La abracé acariciándole el culo. Se corrió un poco para atrás y me alejaba sin hacer fuerza, diciéndome: no, otra vez no. Al ver que era puro teatro, la volteé contra la pared diciéndole: no me puedo detener.
Me bajé el jean que traía puesto y el bóxer. Ella me miraba fijamente pero no decía nada. Miró mi verga parada y le dije:
—Sí, te voy a coger otra vez.
La apoyé de tetas contra la pared, le separe un poco las piernas y metí mi mano en su entrepierna por debajo de la falda. Acaricié lentamente la zona y ella suspiraba diciendo:
—Ay, dios mío.
Mis dedos jugueteaban de un lado a otro, acariciando su concha que estaba muy calentita y ya mojada. Los movía sintiendo sus labios vaginales. Acaricié su cintura. Tomé su tanga y comencé a bajársela lentamente. Mientras se la sacaba, le acaricié las piernas. Sus rodillas temblaban un poco, cosa que me calentó demasiado. Volví a meter mis dedos en su vagina, ya la sentía hirviendo en mis dedos. Así que moví zigzagueando los dedos mientras le besaba el cuello. Con la otra mano subí su minifalda e introduje el glande en su culito, que sentí palpitar. Se estremeció emitiendo un gemido.
—Ayyyyy —dijo suspirando.
Yo deslicé mi miembro hasta el fondo y le pregunté:
—¿Por qué siempre me la pones tan dura? —en tanto se la metía y sacaba sin detenerme.
Mientras la bombeaba y le besaba el cuello y la nuca, le decía al oído: qué culo bien levantado, me encanta meterla por atrás. Ella contestaba: sí, sí, sí, así, cuñado, así, así… apoyando su cara contra la mía.
Me dijo que sentía que mi verga la presionaba aun más adentro que la primera vez. Porque antes lo tenía muy cerrado pero al metérsela comenzó a dilatarse más y más. Gemía tan profundamente y sus pechos se agitaban tanto por las embestidas que me entusiasmó a pleno. Al rato el bombeo era completo. Ella jadeaba como loca y yo también. A veces pienso que quizá tuviera virgen el ano la primera vez que se la puse.
Lo cierto es que ya no teníamos mucho tiempo. Así que le saque la verga del recto cuando casi estaba por acabarme. La di vuelta inclinándola hacia abajo hasta hacerla arrodillar. En un momento, con tanto cambio de posición, creí que no eyacularía. De ahí que me masturbé frente a su cara un buen rato hasta que lancé todo. Ella aguantó el chorro en la cara con un suspiro y cerrando los ojos. Le pedí que se lamiera la leche. No quería que me la chupara porque de lo contrario me la iba a volver a coger y ella tenía que irse.
Después pensé que debí haberla cogido por la vagina también, pero como sucedieron las cosas —así de la nada— no tenía ninguna clase de protección a mano. Por eso preferí hacerlo únicamente por la cola las veces que se lo hice. La vagina es algo que me queda pendiente. Que nos queda pendiente…


(La mujer de mi hermano)

miércoles, 3 de junio de 2015

Contribuido por el señor XX-31. El hecho ocurrió en 2014.

Tengo 42 años y vivo en Madrid. Me vuelven loco los probadores. Me dan un morbo que ni te cuento. Quedé una vez con una mujer de más o menos mi edad (ella 41, yo 39) en hacerlo en un probador y sin hablarnos nada de nada. Todo esto lo combinamos a través del chat, que fue donde la conocí. Quedamos en hacerlo en un Corte Inglés. Ella estaba casada como yo, no sé cómo se llamaba ni tampoco nos interesaban nuestros nombres. Cuando terminamos, cada uno por su lado. Ella quería que le comieran el coño, el marido no se lo hacia y yo me los como muy pero muy bien. Me lo planteó en el chat. En un día de diario en esos almacenes del Corte Inglés no hay casi nadie, ninguno de seguridad molestando, por lo que te dejan entrar a los probadores sin ningún control. Así que al llegar al probador convenido, atravesé la cortina verde, cerré con los adhesivos y me dispuse a gozar. Pasé detrás de ella y sin mediar palabra la senté, la besé en la boca y bajé a su cuello dándole amorosos mordiscos. Una vez agachado, levanté sus piernas y bajé directo a su clítoris a darle duro con mi lengua. Con solo recordarlo se me pone dura. Gozamos muy bien, ella tuvo que controlar su jadeo pero sentí que se corrió como si fuera su primera vez. Después de eso, me satisfizo con mucha ternura. Sólo habló al irse, me dijo que yo tenía una lengua maravillosa. No nos volvimos a ver aunque algo me dice que no será la última.
Quizá ahora mismo el marido esté leyendo esta historia y hasta se ría diciendo ¡pero qué de cornudos que son algunos! y siga sin atender a su mujer. Yo estaba en la misma situación que esa esposa, casado con alguien que me retacea el sexo. Así que no fue más que hacer causa común. Hay mujeres, como la mía, que suponen que el débito conyugal es cosa del pasado y muy seguras de que el marido se la va a aguantar sin follar todo el tiempo que a ellas se les dé la gana. ¡Pobres tontas! Falta de mundo. Serán cornudas seguro. Un hombre sale a la calle y tiene decenas de oportunidades. Y no siempre con mujeres más feas que la que le tocó a uno. No, señor. Tampoco que uno encuentre siempre mujeres más viejas, no, tampoco. Hay chicas jovencitas que adoran tener aventuras con un maduro, incluso con maduros de mucho mayor edad que la mía. Así que a esas esposas que creen ingenuamente que a sus hombres pueden dejarlos sin follar, que se queden tranquilas, que oportunidades hay por doquier. Una miradita y ya está, a charlar y después a las sábanas. Y en el peor de los casos, si el marido desatendido no encuentra a una mujer en un bar o en la calle o a la salida del metro, pues que recuerden que hay casas de putas por montones en toda ciudad grande y aun también en las no tan grandes. A diestra y siniestra las hay y allí hasta se encuentran chicas veinteañeras muy atentas y que además saben hacerlo de primera…

(Probador)


lunes, 1 de junio de 2015

Contribuido por la señora XX-30. Sucedió por 1995.

Fue en el vestuario del club. Salía de ducharme y estaba desnuda. Me sorprendió su presencia, realmente no esperaba encontrarme con una desconocida que me observara con mirada penetrante. Quedé paralizada. Una mujer de unos treinta / treinta y cinco años, esbelta, elegante, rubia natural, hermosa. Estaba vestida más como una ejecutiva que como una deportista. Nunca supe de dónde salió ni quien era. Quizá me vio entrar al vestuario y me siguió. Quizá venía al club para encontrarse con otra persona. Quizá esperó que terminara de bañarme, no sé. Lo que sí sé es que estaba ahí, frente a mí y que sin más protocolo me dijo que yo le gustaba mucho. Traté de taparme los senos y el pubis como pude, pero desde los albores del mundo se sabe que tal cosa es imposible sin una tela que venga en nuestra ayuda.
—No te cubras —me dijo, sin que se le moviera un pelo; y agregó sin ningún pudor:—. Un cuerpo y un rostro como los tuyos no deben ocultarse. Jamás he visto otra chica así.
Debió haberme halagado pero no, me dio más miedo. Yo había tenido sexo con varios novios, pero jamás con una mujer. Y menos con una mujer que además sabía seducir. Y lo peor es que por la calle nadie la hubiera imaginado lesbiana.
Se acercó sin dejar de mirarme a los ojos y me puso una mano en la cadera. Mi débil intento de zafarme lo anuló con un apretón más fuerte, un apretón que significaba: ¡no resistas, sos mía y punto! Así que me retuvo con decisión mientras me decía que nada malo me pasaría, que me tranquilizara. Yo sentía una mezcla de miedo y curiosidad. No sé cómo explicarlo. Ella acercó su pecho al mío. Su escote era provocativo aunque elegante, todo en ella era fino. Me tomó la cara con las manos y me besó con suavidad. No la boca sino las mejillas. Yo seguía sin poder reaccionar. Sus manos eran sabias, vaya si lo eran… Acariciaban mi cuello, mi torso, mi pelo, mis hombros, mis costados, mi espalda. Noté que trataba de evitar —al menos al principio—mis zonas erógenas. Poco a poco me fue envolviendo una sensación extraña, una necesidad de ser… ¿poseída? Creo que mis reacciones a nivel de piel me delataban porque casi imperceptiblemente fue (fui) cumpliendo su objetivo. Sus labios exploraban mi cuello, lo recorrían, no hacían nada indecoroso, nada obsceno, sólo rozaban y besaban apenas. Sentía escalofríos a la vez que una sensación de placidez. Me decía al oído palabras dulces que por momentos me relajaban y al instante me ponían más tensa. De pronto me rodeó la cintura, las dos estábamos paradas frente a frente. Ella perfectamente vestida y yo completamente desnuda.     
—Sí, querida, sí. Así, con los ojos cerrados. Bien. Bien. Sólo sentime y abandonate a mí —me dijo.
Y no dijo más. Porque como un rayo se tiró al suelo y quedó como sentada de costado y debajo mío. Yo no entendía cómo podía abandonarse así, sin importarle que el suelo estuviera mojado. Me besó en la entrepierna, separó mis muslos…
—Nooo —casi grité, pero se dio cuenta de que mi “no” era impropio, nada convincente.
Sentí que sus labios y su lengua me recorrían, me avasallaban. En un momento miré hacia abajo y me dio ternura que una mujer madura, que por su aspecto bien podía tener un cargo gerencial, un profesorado respetable o vaya uno a saber qué, se humillara con una chica que apenas había cumplido los diecinueve.
Volqué la cabeza hacia atrás y me dejé hacer. No puedo describir lo que entonces sentí pero todo era como ir en un suave tobogán o en una carroza, no sé. Me sentía mitad princesa y mitad chiquilla abusada. Fueron dos orgasmos seguidos, rotundos, como para que no me quedaran dudas. Ella se dio cuenta y se detuvo con el segundo. Se puso de pie y me miraba con satisfacción, gozaba mi gozo. Yo temblaba y apenas si la miraba. Estaba por completo turbada.
—Acostate en el banco —era un pedido con sabor a orden.
Me tendí en el banco, era uno de esos de madera, largo, de tablas ligeramente separadas. Esos que se usan para que el bolso de gimnasia esté a mano o para contener a varias gimnastas sentadas. Cerré una vez más los ojos, ¿qué podía hacer, que podía perder?
Entonces me besó en la boca. Yo le rodeé el cuello con mis brazos. No sé por qué pero de buenas a primera ya era como una amiga de mucho tiempo, como una necesidad imperiosa, como un lugarcito cálido, confortable. Besó y lamió mi cuello, mi torso, mis hombros. Pero esta vez despacio, con método. Fue haciendo un vaivén de izquierda a derecha y viceversa, avanzaba con lentitud, como adrede para que yo sintiera toda su pasión. El vaivén era continuo y ligeramente en zig-zag. Pasaba una vez con pachorra de un hombro al otro y luego en la segunda un centímetro más abajo y así. Con si escribiera en mi cuerpo con sus labios renglón tras renglón de una larga carta. De a poco, milímetro a milímetro. Hasta que alcanzó la línea de mis pezones: costado izquierdo, loma de mis senos, pezón de ese lado, valle de mi entreseno y así… despacio, despacio, hacia mi pezón y costado derechos. A la vuelta, se detuvo en mi pezón derecho y succionó. Era la primera vez que me succionaba una mujer. Mi pezón izquierdo no se salvó tampoco del dulce tratamiento. Un enorme espejo a mi derecha reflejaba su figura de atrás, volcada sobre mi cuerpo desnudo. Por delante, su escote provocaban multitud de deseos bochornosos. No pude resistir y le acaricié un seno. Ella sonrió pero me quitó la mano. Tampoco hizo caso a mi pedido de descubrirse como yo, de quitarse la ropa. Dejó en claro con su actitud de que así mi papel no era el correcto. Supongo que deseaba ser activa por completo, tomar el rol masculino, poseerme. Luego, sus senos de mujer estaban ahí porque la naturaleza lo había dispuesto pero eran intocables, prohibidos… inexistentes para mí.
Por momentos me alcanzaba un sentimiento de terror: podía entrar cualquiera y vernos. El vestuario de mujeres era una enorme sala con duchas, abierta a toda socia que ingresara al club. Creo que nos salvó la hora. Era a media tarde y todos estaban cumpliendo su ritual de deporte o de pileta. Una hora más y nos habrían descubierto. Y de ahí la segura expulsión del club. Un sentimiento de terror se sumó a mi terror. Al miedo que ya tenía encima por todo esto nuevo que experimentaba. Mi condición de heterosexual no me admitía hacer lo que estaba haciendo sin cierto prurito. No podía dejar de vigilar la puerta del vestuario aunque sabía que mis ojos serían impotentes para evitar el escándalo. Mi aviso a mi compañera sexual llegaría tarde si alguna otra socia aparecía.
Cuando yo ya estaba que ardía, ella abandonó mis senos pero siguió besando y lamiendo mi cuerpo siempre en dirección hacia abajo. El vaivén continuó hasta alcanzar la línea de mi ombligo. No se detuvo ahí. Siguió y siguió hasta llegar a la línea de mi pubis. Fue entonces que sus dedos se hicieron más y más sabios, que se aliaron a su lengua y a sus labios. Yo temblaba y ella se excitaba con mis temblores y también con mis temores. Yo jadeaba y ella me alentaba. Cuando grité un orgasmo, me retó con firmeza:
—¡Nos van a echar, goza callada!
—No puedo —alcancé a balbucearle.
—Podrás —me dijo con una sonrisa maternal.
Y sin más me comió la vulva con los labios, sentía por momentos su nariz en mi clítoris, sus dedos entrando, moviéndose en redondo, alrededor del cuello de mi útero, su lengua en mis labios vaginales. Hasta me daba tenues caricias en la raya de mis nalgas. Me dominó como quiso. Estallé en otro orgasmo. Sabía sabiamente como exaltar mi libido. Volcaba en mi cuerpo lo que seguramente ya había experimentado muchas veces en el suyo. Con mi último orgasmo —el quinto— quedé extenuada. Entonces, recuerdo que se levantó, me besó con suavidad la frente y me dijo: ¡Gracias! Sólo eso. Quise retenerla pero me esquivó.
Tardé un buen rato en levantarme. Al hacerlo, me sentía mareada y culpable. Pese a todo, al otro día traté de averiguar quién era. Lo intenté con tacto, describiéndola como mejor podía y poniendo por excusa que ella había olvidado algo que yo guardaba en mi casa con intención de devolvérselo. Nadie en el club parecía conocerla. “No debe ser socia” fue la conclusión del bufetero, quien más conocía del tema. Aquí a veces dejan entrar gente porque nadie se digna controlar la puerta. Mi vena heterosexual la repudiaba pero el recuerdo de aquellos orgasmos me exigía encontrarla. Me costó años de terapia. Usted no es lesbiana, señora, usted fue avasallada por una lesbiana y sintió una sensación nueva que la confundió. Si fuera usted lesbiana, andaría buscando otras mujeres. No, no, créame, usted no es lesbiana. Pero la duda persistió. Aun con nuevos novios, aun con un marido… Persistió hasta que me convencí (o me convencieron) de que no soy homosexual… Al menos no frente a ella... Pero nadie me dice qué pasaría si un día me la encuentro de nuevo…    

(Lesbia fugaz)